El uso de armas atómicas en agosto de 1945 sigue siendo uno de los temas más debatidos de la historia moderna. La decisión del presidente Harry S. Truman de lanzar las bombas «Little Boy» y «Fat Man» sobre Hiroshima y Nagasaki se fundamentó, según la narrativa oficial estadounidense, en la necesidad urgente de finalizar la Segunda Guerra Mundial sin una invasión terrestre. En aquel momento, la Operación Downfall (el plan para invadir Japón) estimaba millones de bajas tanto para las fuerzas aliadas como para los civiles japoneses. El gobierno de EE.UU. argumentó que el impacto psicológico y la destrucción masiva de estas armas obligarían al Consejo Supremo de Guerra de Japón a aceptar una rendición incondicional, evitando así un conflicto de desgaste que podría haber durado años.
El Proyecto Manhattan y la geopolítica de la posguerra
Más allá del objetivo militar inmediato, existen factores estratégicos y científicos que explican la rapidez del despliegue. El Proyecto Manhattan había consumido una inversión masiva de recursos, y existía una presión política interna para justificar dicho gasto mediante resultados tangibles. Por otro lado, el contexto geopolítico de 1945 ya vislumbraba el inicio de la Guerra Fría. Muchos historiadores sostienen que el bombardeo fue también un mensaje de disuasión dirigido a la Unión Soviética, que acababa de declarar la guerra a Japón. Al demostrar su hegemonía nuclear, Estados Unidos buscaba asegurar una posición dominante en el nuevo orden mundial, limitando la influencia soviética en la reconstrucción del Pacífico y estableciendo las bases de la diplomacia atómica.
El impacto humanitario y el fin de la era convencional
La elección de los objetivos no fue aleatoria; se buscaron ciudades que no hubieran sido gravemente dañadas por bombardeos convencionales para medir con precisión el poder de la nueva arma. El resultado fue devastador: cientos de miles de víctimas inmediatas y secuelas por radiación que perduraron durante décadas. Este evento no solo precipitó la rendición de Japón el 15 de agosto, sino que cambió para siempre la doctrina de seguridad global. Hoy, al analizar por qué se arrojaron las bombas nucleares, entendemos que fue un punto de inflexión donde la tecnología superó los límites éticos previos, obligando a la humanidad a convivir bajo la amenaza de la destrucción mutua asegurada y dando paso a la actual era de la no proliferación.




