Llegar tarde de forma habitual no siempre es un simple descuido. Según la psicología, este comportamiento puede estar vinculado a rasgos como el egocentrismo, la ansiedad o el deseo de control. Algunas personas utilizan la impuntualidad como una forma pasiva-agresiva de expresar frustración o descontento hacia una situación o persona. En otros casos, el retraso constante refleja una percepción distorsionada del tiempo, donde el individuo subestima cuánto tarda en realizar tareas o desplazarse. Esta tendencia puede incluso estar relacionada con una necesidad inconsciente de protagonismo, al llegar cuando todos ya están esperando.
Más que falta de organización, llegar tarde puede revelar rasgos de personalidad, emociones reprimidas y formas sutiles de comunicación
Curiosamente, estudios también sugieren que quienes suelen llegar tarde tienden a ser más creativos, relajados y menos propensos al estrés, lo que podría estar vinculado a una mayor longevidad. Sin embargo, en contextos sociales y profesionales, la impuntualidad proyecta una imagen negativa, ya que puede interpretarse como una falta de respeto o consideración hacia los demás. En definitiva, llegar tarde no siempre es una cuestión de mala gestión del tiempo, sino una expresión silenciosa de emociones, actitudes y dinámicas internas que merecen ser comprendidas.