En un movimiento que ha polarizado a la opinión pública internacional, el gobierno japonés ha dado un paso decisivo hacia la soberanía energética. Este 21 de enero de 2026, Japón reinicia la planta nuclear más grande del mundo, Kashiwazaki-Kariwa, tras casi quince años de inactividad total. Situada en la prefectura de Niigata, este gigante de siete reactores y una capacidad de 8.2 gigavatios fue clausurado tras la triple catástrofe de marzo de 2011. A pesar de los traumas sociales aún latentes por la crisis de Fukushima, la administración de la primera ministra Sanae Takaichi defiende la reactivación como una medida indispensable para reducir la dependencia de combustibles fósiles importados y alcanzar la neutralidad de carbono para 2050, en un contexto de precios energéticos volátiles y demanda creciente por el auge de la inteligencia artificial.
Desafíos técnicos y seguridad extrema en Kashiwazaki-Kariwa
La vuelta a la vida de esta megaestructura no ha estado exenta de complicaciones que han puesto a prueba la paciencia de los reguladores. El proceso de encendido del reactor número 6 de Kashiwazaki-Kariwa sufrió retrasos de última hora debido a fallos en los sistemas de alarma, lo que obligó a posponer la extracción de las barras de control. TEPCO, la misma compañía operadora que gestionó la planta de Fukushima, ha invertido más de 8.000 millones de dólares en modernizar las defensas de la planta, incluyendo muros de contención de 15 metros contra tsunamis y sistemas de ventilación con filtrado de radionúclidos. Sin embargo, un nuevo incidente apenas 24 horas después del reinicio obligó a una parada técnica, recordándole al mundo que la tecnología atómica, aunque avanzada, sigue siendo vulnerable ante el más mínimo error de monitorización en una de las zonas sísmicas más activas del planeta.
El dilema social: Entre la necesidad económica y el miedo radiactivo
El reinicio de la central más potente del planeta es visto por muchos como una «ruleta rusa» climática. Mientras el sector industrial celebra la llegada de energía barata y estable para 2026, las comunidades locales y los evacuados de Fukushima mantienen una resistencia feroz. El hecho de que Japón reactive la energía nuclear bajo la sombra del desastre de hace tres lustros subraya una fractura social profunda: el 70% de la población nipona llegó a oponerse a esta energía tras 2011, aunque las encuestas actuales muestran un apoyo dividido basado en la necesidad económica. Con planes para que la energía nuclear cubra el 20% de la demanda eléctrica nacional para 2040, el éxito o fracaso de Kashiwazaki-Kariwa definirá no solo el futuro energético del archipiélago, sino también la viabilidad del resurgimiento nuclear en todo el sudeste asiático durante las próximas décadas.




