La calma glacial del Polo Norte se ha roto definitivamente este enero de 2026. Tras años de rumores, la presión de Donald Trump sobre Groenlandia ha alcanzado un nivel crítico, provocando una fractura sin precedentes en la política local. Mientras el gobierno autónomo en Nuuk intenta mantener la diplomacia, una parte significativa de la población empieza a mirar hacia Washington con mejores ojos que hacia Copenhague. El debate ha saltado a la esfera pública de la mano de testimonios sorprendentes, como el de una joven española que trabaja como limpiadora en Noruega y observa desde la cercanía nórdica cómo el sentimiento de abandono crece en la isla. «Dinamarca no nos protege; EEUU, sí», es la frase que resume el sentir de una oposición que ya no oculta su deseo de romper con la corona danesa para buscar una asociación estratégica con Estados Unidos que garantice su seguridad y prosperidad económica ante la amenaza de otras potencias.
El ascenso de Naleraq: La oposición groenlandesa que elige a Washington
Este giro en la geopolítica del Ártico no es una casualidad mediática, sino un resultado electoral sólido. En las elecciones de mayo de 2025, el partido nacionalista Naleraq logró captar el 25% de los votos, consolidándose como una fuerza imparable que defiende la independencia inmediata. Su líder ha sido tajante al afirmar que la protección militar y los acuerdos comerciales ofrecidos por la administración Trump son más realistas que las promesas de una Dinamarca que ven distante y debilitada. La soberanía de Groenlandia está en el centro de un tablero donde los recursos minerales estratégicos y las nuevas rutas comerciales por el deshielo han convertido a la isla en el activo más codiciado de 2026. Entre depender de un aliado europeo con recursos limitados o integrarse en la órbita de la mayor potencia militar del mundo, una cuarta parte de los groenlandeses ya ha elegido el camino del dólar y el escudo estadounidense.
¿Anexión o independencia? El dilema de 2026 bajo la sombra de Trump
La insistencia de la Casa Blanca por controlar este territorio «de una forma u otra» ha puesto a la OTAN en una situación límite. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha advertido que cualquier intento de injerencia unilateral supondría el fin de la alianza transatlántica, pero sus palabras parecen no frenar el entusiasmo de la oposición en Groenlandia. El plan de Trump, que incluye inversiones masivas en infraestructuras y acuerdos de defensa bilateral, resulta tentador para una economía que busca desesperadamente dejar de depender de los subsidios de Copenhague. En conclusión, el 2026 se perfila como el año en que Groenlandia decida su destino: si seguir siendo la frontera olvidada de Europa o convertirse en la joya de la corona del nuevo expansionismo estadounidense. El tablero está servido y, por ahora, el voto nacionalista groenlandés parece estar inclinando la balanza hacia el oeste.




