Detrás de cada selección exitosa en un Mundial de Fútbol hay un entrenador capaz de transformar talento individual en un funcionamiento colectivo. Aunque los jugadores reciben la mayor parte de la atención mediática, la figura del director técnico suele ser decisiva para marcar la diferencia entre un equipo competitivo y un campeón del mundo.
El trabajo del entrenador inicia mucho antes del torneo. Debe analizar a sus posibles convocados, observar su estado físico, su momento futbolístico y, sobre todo, su compatibilidad con el estilo de juego que desea implementar. No basta con reunir a los mejores jugadores: se necesita un grupo que funcione como un engranaje perfecto. Selecciones como Alemania 2014, España 2010 o Francia 1998 demostraron que la armonía táctica supera a la simple acumulación de estrellas.
Durante el Mundial, la presión aumenta. Cada partido es una final, y cada decisión táctica puede cambiar la historia. Los entrenadores deben ajustar la estrategia dependiendo del rival, preparar sesiones específicas para potenciar el ataque o fortalecer la defensa, y saber interpretar el ritmo del partido. La lectura del juego distingue a los mejores: cambios en el momento oportuno, modificaciones de sistema o aprovechar debilidades del oponente.
Además, el entrenador cumple un rol emocional. En un torneo corto, mantener la confianza y la unión del grupo es vital. Las tensiones, la prensa y los altos niveles de exigencia pueden afectar el rendimiento de los jugadores. Por eso, la gestión del vestuario es tan importante como la táctica.
Los grandes entrenadores dejan huella y su legado permanece. Son líderes, estrategas y motivadores que, con su visión, contribuyen a construir los momentos más memorables de la historia de los Mundiales.