Ubicado en la Roca Tarpeya de Caracas, El Helicoide de la Roca Tarpeya representa una de las paradojas arquitectónicas más crudas de América Latina. Diseñado originalmente en la década de los 50 como un centro comercial futurista y «drive-in», donde los usuarios podrían subir en sus vehículos por rampas espirales hasta las tiendas, el proyecto quedó inconcluso tras la caída de la dictadura de Pérez Jiménez. Sin embargo, su destino tomó un rumbo oscuro bajo el régimen chavista, transformándose en la sede del SEBIN (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional). Lo que debió ser un símbolo de modernidad y progreso económico se convirtió en un centro de tortura denunciado por organismos internacionales como la ONU. En sus celdas, conocidas como «La Tumba» o «El Infiernito», cientos de presos políticos han padecido condiciones infrahumanas, hacinamiento y tratos crueles, marcando la estructura no por su diseño vanguardista, sino por el dolor de la represión.
De calabozo de la represión a espacio de memoria histórica
La configuración de El Helicoide es única: una pirámide de base triangular con rampas de concreto que se enroscan sobre la colina. Esta estructura, que permitía una vigilancia total desde sus puntos altos, facilitó su uso como centro de detención de máxima seguridad. Durante años, los pasillos que debieron albergar boutiques de lujo sirvieron para el tránsito de custodios y el aislamiento de disidentes. No obstante, en este 2026, el clamor de la sociedad civil y la presión de grupos de derechos humanos han impulsado un plan sin precedentes: la reconvertión del centro de tortura. El objetivo principal de este nuevo proyecto es desmantelar el aparato de inteligencia que opera en sus entrañas para dar paso a un espacio de memoria histórica, similar a lo que fue la ESMA en Argentina. Se busca que las futuras generaciones puedan recorrer sus rampas no con miedo, sino como un ejercicio de aprendizaje sobre las libertades perdidas y recuperadas.
El futuro de la estructura: ¿Museo, centro cultural o memorial?
El anuncio de que El Helicoide será reconvertido ha generado un intenso debate sobre el uso productivo de sus más de 100,000 metros cuadrados de construcción. Los planos de remodelación para 2026 contemplan la creación de un memorial dedicado a las víctimas, junto con áreas de integración comunitaria que beneficien a las zonas populares aledañas, como San Agustín y Santa Rosalía. La propuesta incluye la instalación de centros de formación técnica y galerías de arte que borren la mancha de la tortura mediante la cultura. Sin embargo, el reto arquitectónico es inmenso: limpiar una estructura impregnada de simbolismo negativo requiere una intervención profunda que respete el pasado pero mire hacia el futuro. Con esta transformación, Caracas espera cerrar uno de sus capítulos más sombríos, devolviendo a la ciudad un ícono que, por primera vez en siete décadas, cumpla una función social digna y transparente para todos los venezolanos.




