Las empresas que adoptan modelos cooperativos están demostrando que la democracia laboral no solo es posible, sino también rentable. En estas organizaciones, cada trabajador es socio y tiene voz en las decisiones estratégicas, lo que fomenta el compromiso, la transparencia y la equidad. Ejemplos como el Grupo Mondragón en España —con más de 80.000 empleados y presencia global— evidencian que la participación activa de los trabajadores puede impulsar la innovación, reducir la rotación laboral y mejorar la productividad. A diferencia de las empresas tradicionales, donde el capital dicta el poder, las cooperativas distribuyen los beneficios según la participación en la actividad, fortaleciendo el sentido de pertenencia y la cohesión interna.
El modelo cooperativo desafía el paradigma empresarial tradicional al combinar participación democrática con sostenibilidad económica
Además, estudios sobre empresas recuperadas en América Latina revelan que la autogestión y la propiedad colectiva pueden generar sustentabilidad económica y transformación social. Aunque enfrentan desafíos como el acceso al financiamiento y la profesionalización de la gestión, muchas cooperativas han logrado consolidarse en sectores como la alimentación, la construcción y los servicios. En tiempos de creciente desigualdad, el cooperativismo emerge como una alternativa viable que pone a las personas en el centro del modelo productivo, demostrando que la rentabilidad no está reñida con la democracia.