La economía de los cuidados engloba todas las tareas domésticas y asistenciales que permiten el funcionamiento cotidiano de la sociedad: desde cocinar y limpiar hasta cuidar niños, personas mayores o con discapacidad. Aunque estas labores son esenciales, históricamente han sido invisibles en las estadísticas económicas y asumidas mayoritariamente por mujeres sin remuneración ni reconocimiento formal. Según la OIT, si se contabilizara el trabajo no remunerado, el PIB de países como España podría crecer hasta un 53%. Esta “pobreza de tiempo” afecta especialmente a mujeres, limitando su desarrollo profesional y perpetuando desigualdades estructurales.
El aporte doméstico y asistencial, mayoritariamente femenino, comienza a ser reconocido como pilar económico y social
Sin embargo, el paradigma está cambiando. La Agenda 2030 incluye metas específicas para valorar y redistribuir el trabajo de cuidados, y países como Chile han comenzado a legislar sobre neuroderechos y sistemas nacionales de cuidado. Cooperativas como Suara en Cataluña y Maitelan en Guipúzcoa profesionalizan el sector, ofreciendo formación, salarios dignos y tecnología asistencial. El reconocimiento del cuidado como responsabilidad colectiva —y no como deber femenino— es clave para construir sociedades más justas, resilientes y sostenibles. En este nuevo enfoque, cuidar deja de ser una carga invisible para convertirse en un motor legítimo de desarrollo económico y bienestar social.